Guardia de noche
El sol entraba por la ventana, templado y amarillo, y yo imaginaba que era una lámpara de hospital.
Los tendà uno a uno sobre la bandeja de plástico con mucho cuidado. Primero a los abuelos, luego a los papás y, finalmente, a los hijos, de mayor a menor. La madre parecÃa tener fiebre. Uno de los hijos no podÃa respirar bien. Otra habÃa perdido su sombrero en el accidente, pero pronto estarÃa mejor, estoy segura.
Lavé toda su ropa y la separé en pequeños montones: camisetas, pantalones, diminutas camisas de franela. Tuve que tirar el vestido de la más pequeña porque estaba demasiado roto. Le buscarÃa algo en el cajón de costura de mamá para que no estuviera desnuda cuando saliera.
Me senté junto a ellos, esperando en silencio. El sol entraba por la ventana, templado y amarillo, y yo imaginaba que era una lámpara de hospital. Afuera, en el pasillo, oÃa las voces de los mayores. No entendÃa qué decÃan, pero reconocÃa el tono, preocupado, como cuando papá se cayó en la cocina y dijo que no pasaba nada, pero se pasó las tres semanas siguientes sin ir a trabajar y no pudimos ir a la excursión que tenÃamos planeada.
Al principio pensé en hacer turnos de visita, como en los hospitales de verdad, pero luego me di cuenta de que no podÃa dejarlos solos. No sabÃan dónde estaban ni qué les pasaba. En los hospitales huele raro y la gente camina muy despacio y se habla en voz baja, como ahora. Decidà quedarme de guardia, por si alguno se despertaba y tenÃa miedo.
Acaricié la cabeza del abuelo con un dedo. Su oreja, aún húmeda, se me pegó un poco a la piel. —Mañana —susurré—. Mañana estarás mejor. Coloqué la manta hasta taparle los ojos, como habÃa visto hacer en la tele cuando alguien ya no iba a despertarse.



