Cronobufanda
Durante el resto de la semana, las espÃas de la ventana siguen desapareciendo, una cada dÃa, hasta que no queda ninguna.
Su casa de campo mira hacia el valle donde viven las espÃas y, por costumbre, estas devuelven las miradas a través de los prismáticos. El espacio entre ellas es verde, irregular, sin más obstáculos que un álamo alto y frondoso, cuyas hojas parecen temblar incluso cuando no hay viento. La casa de las espÃas no se parece en nada a la suya: es de un gris sucio que a veces parece marrón, tiene forma de L y muy pocas ventanas. Ellas la observan desde la más alta, evitando el álamo. No se molestan demasiado en disimular. Ella tampoco.
A veces interpreta pequeñas obras de teatro o improvisa animados bailes para entretenerlas. No entiende por qué la observan con tanta atención, pero, por si acaso, intenta que merezca la pena. Ha empezado a planchar su ropa. A maquillarse para sacar la basura. Todo cuenta.
Un dÃa prepara una escena particularmente cómica, llena de resbalones, caÃdas falsas y una nariz de payaso que encontró en un armario. Cree que causará sensación. Justo cuando va a empezar, ve que falta una de las espÃas: la que siempre llevaba una bufanda de cuadros. No puede distinguirlas bien, pero se sorprende pensando en lo vacÃa que se siente la ventana sin ella. La distracción arruina su actuación. Maldice su nombre y la culpa de su fracaso.
Al dÃa siguiente, empeñada en redimirse, aunque sin haber ensayado nada nuevo, confiando en que algo saldrá, coge sus prismáticos y las busca: ya faltan dos. Una llamada de trabajo la devuelve a sus tareas y se olvida de las espÃas por lo que queda de dÃa.
Durante el resto de la semana, las espÃas de la ventana siguen desapareciendo, una cada dÃa, hasta que no queda ninguna. La casa en L, sin sus figuras, parece aún más marrón, más deshabitada, más cosa que casa. El dÃa en que la ventana aparece totalmente vacÃa, nota un temblor en el aire. De una de las ramas del álamo, cuelga la bufanda de cuadros de la primera espÃa que desapareció.
Entonces lo piensa. No es una invasión: es cortesÃa. Deben de estar buscándola.
Deja los prismáticos sobre la mesa, se abriga lo justo y sale al campo. La hierba húmeda le empapa los tobillos. El cielo es de un gris plano, sin profundidad, como pintado sobre una pared. La bufanda cuelga de una rama a la altura de su brazo alargado. Tiene aún el calor de otra persona. Decide ponérsela.
La casa en L la recibe con la puerta entornada, como si llevara semanas esperándola. Dentro huele a ropa bien doblada, a café viejo y a polvo. No hay nadie.
Sube al último piso tocando las paredes con la mano, asegurándose de que son reales. Da con la habitación que tantas veces ha visto desde su casa. Se asoma a la ventana. Desde ahÃ, su casa parece una maqueta: demasiado ordenada, demasiado expuesta, como si hubiera vivido todo este tiempo dentro de una vitrina.
Entonces, en su propia ventana, una figura alza unos prismáticos.
Es una mujer. Y la está observando.


